¡Apasionante es el camino de la historia! ¡Y, cuántas enseñanzas desperdiciadas! La historia no es el museo de las cosas muertas, no es, tampoco, la tumba de la vida. Viva está la historia por su contenido, por sus enseñanzas y cuando se le ignora o se le manipula o se le deforma, un pueblo se condena a cometer los mismos errores.
¡Qué época tan terrible precedió al episodio del 5 de mayo! Larga historia de derrotas, de pérdidas irreparables, de mutilaciones territoriales, bancarrotas, radicalismos, búsqueda a tientas, luchas intestinas desgarradoras y sangrientas, fanatismos, confusión y debilitamiento extremo. El haber superado esa época traumática, y el que todavía México exista como Nación y con futuro, es un extraño prodigio. Lo más parecido a un milagro. ¡Y cuánta pasión! Tanta que nos impide, muc!
has veces, la serenidad para meditar sobre esos acontecimientos y sacar las lecciones que encierran. La idea republicana encarnó en D. Benito Juárez y triunfó finalmente.
A raíz de la Independencia, México comenzó, por las razones más diferentes, un camino extremadamente difícil marcado por los “pronunciamientos, asonadas y planes”, cuyo creador y maestro fue Don Antonio Severino de Padua López de Santa Anna. Todo en medio de la ambición internacional. El Plan de Casa Mata, (1823), que culminó con el destronamiento de Iturbide, y la revolución de Ayutla en enero de 1854, que desterró a Santa Anna, contienen una experiencia histórica que no tiene paralelo, al menos en los tiempos modernos. Santa Anna está en ambos, en uno como autor, en otro, como víctima. Pero la lista se prolonga hasta el plan Agua Prieta, pasando por el de San Luis. Result!
aría interesante visualizar la lista de los planes, lev!
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tos, asonadas y pronunciamientos que jalonan nuestra historia, comenzando con el citado de Casa Mata. El de La Noria fue famoso.
Dos experiencias son especialmente traumáticas en este período, la guerra de Texas y la guerra contra Estados Unidos. En ambas, la actuación del Gral. Santa Anna fue decisiva. El desastre fue fatal y la experiencia de dolor, de abatimiento y de pesimismo, ha quedado recogida en “Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos” (Consejo Nac. Para la Cultura y las Artes. 1991), donde un buen número de testigos
cuenta la amarga experiencia y el pesimismo que se apoderó del país en ese trance. Es fácil imaginar el estado de ánimo de los nacionales. La depresión se había apoderado de toda la sociedad. Lo que había sido un espectro durante toda una década, había cobrado vida. La amenaza rodeaba!
al país por mar y tierra y parecía no haber salida. Los puertos principales, muchas ciudades y su capital estaban ocupados.
El Ejército mexicano se hallaba reducido a su mínima expresión, 8,109 hombres repartidos en los estados de Querétaro, Veracruz, Chiapas, Oaxaca, Puebla, San Luis Potosí, Jalisco, Zacatecas, Michoacán, Durango, Chihuahua y México. El gobierno era débil y estaba amenazado por posibles “pronunciamientos” radicales y monarquistas. La hacienda pública estaba exhausta y la escasez se acusaba en todos los órdenes. La guerra de castas en Yucatán, separado de la República, despertaba los temores de las clases privilegiadas a un posible contagio en todo el territorio.
Pero después de un fracaso de tal magnitud, resulta muy difícil de comprender porqué los mexicanos de ese tiempo –de los r!
oaring fourthies– no fueron capaces de unirse en un verd!
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oyecto común de patria y si se dividieron en la forma más radical posible provocando heridas que, por increíble que resulte, ni siquiera la modernidad ha logrado sanar del todo. Tal vez la rabiosa lucha interna, los radicalismos, la ceguera de unos y otros, las heridas profundas en el sentimiento del pueblo, y, entonces sí, amenazada de muerte la soberanía, constituya la enseñanza más profunda de nuestra historia. Ni siquiera en esos momentos, los mexicanos fueron capaces de unirse en un propósito común.
Un país que ha perdido más de la mitad de su territorio y, por gobiernos sucesivos, ha firmado tratados que comprometen seriamente la integridad del territorio nacional restante, y que en medio de una problemática de esta naturaleza sostiene ininterrumpidamente una feroz lucha fratricida cuya solución buscan ambos bandos en el extranjero, antes que en el entendimiento y el p!
ropósito común de una patria, resulta difícil entender. Fuentes Mares afirmaba, no obstante, que ya quisiéramos hoy “amar a México como lo amaron los hombres de ésa época”. No dudo de ese amor, pero el desastre nacional que provocaron por tanto amor a la Nación amada, aunque esto pueda ser explicado, terminó en catástrofe monumental. Además, ciertamente, no todo fue amor. Cuando el 13 de diciembre de 1853 el fatídico Santa Anna vendió la región sur de Arizona a la Unión Americana y se embolsó “la indemnización”, no fue precisamente un acto de amor a la patria. Con todo, la operación fue proclamada “un triunfo diplomático para México”. De veras, la historia, ¿no tendrá algo que enseñarnos hoy?
Por la misma época, Estados Unidos sufre la peor crisis de su his!
toria en la Guerra de Secesión; sangrientas luchas entr!
e Norte
y Sur. Fue un momento de extrema debilidad en que estuvo a punto de naufragar el enorme proyecto imperial que habían soñado los padres de la patria. El religioso Gral. Lee afirmaba que “la Guerra de Secesión era un castigo de Dios a la Unión, por las injusticias que habían cometido contra México”. Pero las crisis que no destruyen, fortalecen y Estados Unidos salió bastante fortalecido de esta crisis. Triunfó el propósito de unidad; de haber seguido por el camino de la división, del odio histórico y sectario, de la revancha y las confiscaciones, Estados Unidos no existiría como lo que es hoy.
Este dato no es ajeno, de ninguna manera, a la intervención francesa en México. La debilidad de la Unión por la Guerra de Secesión fue vista como una oportunidad por Napoleón III. Así la describe J. H. L. Schlarman: “Napole&oacut!
e;n estaba ansioso de reconocer al Sur, en la guerra civil de los Estados Unidos, y recibió en París al representante de los Confederados, que era Slidell, a quien sugirió que negociase con Inglaterra y con Rusia el que se uniesen a Francia, para tratar de mediar entre las partes beligerantes, de modo que si el Norte rechazaba la mediación, ellos darían su reconocimiento a los del Sur. Leopoldo I de Bélgica estuvo de acuerdo en lo de este plan, pero Palmerston, si bien simpatizaba con Napoleón y con los del Sur, dijo que los ingleses temían al genio inventivo de los norteamericanos. Leopoldo escribía a Maximiliano: “En Inglaterra se aferran a la idea de que nada puede hacerse en México”.
Más filosófico, y siempre en su sueño latinoamericano, Vasconcelos describe la situación de la siguiente manera: “La expulsión del Ministro español, !
el robo de los fondos de la deuda inglesa y los sueños !
imperial
istas de Francia, determinaron una coalición. España, Inglaterra y Francia mandaron buques a Veracruz. Los ingleses y los españoles no traían programa alguno y se limitaban a reclamar dineros. Pero Napoleón III concibió el sueño magnífico de tomar a México como apoyo de una resurrección latina en el mundo. Era el momento de reivindicar para la Nueva España su posición central en el continente, y para Francia de hacer el papel de la España de Felipe II, el papel de cabeza de la civilización latina. El imperio de los anglosajones habría quedado quebrantado para siempre, si en México, en vez de la bastardía de los liberales y de la estulticia de los conservadores, se hubiera tomado apoyo francés para constituir un gobierno nacionalista que, acaso, habría logrado la reconquista de Texas y California. El territorio perdido”. Pero lo que antecede inmediatamente a la intervención francesa, es la llamada Guerra de los Tres Años. Se ha llamado así al período de lucha civil sangrienta, cruel y radicalizada, que comienza con el Plan de Ayutla y termina con la intervención francesa y el imperio. Lo que comenzó siendo un pronunciamiento en contra de la dictadura de Santa Anna, terminó en una lucha religiosa de consecuencias incalculables. En una hacienda de Guerrero, se reunieron algunos generales para tratar sus propios embrollos y también la situación de México. Santa Anna comenzaba a estorbarles y álvarez y Villarreal decidieron levantase en armas, incluido Comonfort al que Santa Anna había destituido de la Aduana de Acapulco.
Estaban también Eligio Romero, Melchor Ocampo y Arriaga que maquinaban desde el territorio Americano. Comonfort fue el autor del plan que álvarez procl!
amó en Ayutla. Santa Anna recibió la noticia mie!
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esidía un rumboso y animado baile en la Capital. Ante el peligro, una vez más, abandonó la ciudad, zarpó de Veracruz rumbo a La Habana y de ahí, a Turbaco en Colombia donde tenía un hermoso refugio y un buen palenque, no sin antes lanzar una proclama a la nación, “en la que le devolvía los poderes que le había confiado”; estos de las proclamas se le daba muy bien, tan bien como organizar asonadas, garitos y palenques.
En este período tiene lugar las leyes que desposeyeron a la iglesia de todos sus bienes. Los hombres más audaces, más irreconciliables y fanáticos: Comonfort, álvarez, Juárez, Ocampo, Lerdo de Tejada, Prieto, y otros muchos, conformaban el nuevo grupo. Bravo Ugarte en su obra afirma que estos hombres eran apóstoles del llamado progreso y que llevaban en sí algo del fanatismo “del mahometanismo mesiánico que !
proclamaba una guerra santa para difundir el programa de Ocampo y Arriaga”. En apoyo a su aserción aduce las siguientes líneas tomadas del “Rayo Federal” (9 de abril 1855): “La Revolución (Ayutla) debe caminar actualmente con todo su poder, con toda su grandeza, con todos sus horrores. No hay que pararse en los medios, no hay convenios que aceptar, cuando se trata de regenerar un pueblo o de reformar sus leyes, la sangre es necesaria. Nada importa que los campos se talen, que las poblaciones se diezmen, que haya muertos a millares, si los fines son nobles, y se pretende llevar a cabo una idea, un principio cuyas consecuencias son el progreso y la prosperidad de la Nación”. (citado por: Schlarman. p. 348. cf. V. Riva Palacio. Vol. IV. ad loc.). Se proclamó la ley confiscatoria y de la desamortización de los bienes del clero, y se encendió una lucha que dividió profundamente al pueblo, todo !
esto con el enemigo en casa.
En este contexto de de!
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o y guerras intestinas, el gobierno de Juárez no tuvo más remedio que resolver la suspensión del pago de la deuda exterior por dos años mediante la Ley del 27 de julio de 1861. Las riquezas recién confiscadas no bastaron para financiar el desorden y la anarquía, en primer lugar, porque no eran tantas.
(Véanse los montos en: Juárez. E. A. Chávez; El Verdadero Juárez. F. Bulnes). Esto determinó la intervención de España, Inglaterra y Francia. Las dos primeras naciones se retiraron, y Francia decidió quedarse con las intenciones ya descritas. El 5 de mayo de 1862 fueron rechazadas las tropas francesas al mando del general Lorencez.
Es muy importante una extensa carta de Napoleón III dirigida a Forey, fechada el 3 de julio de 1862 en Fontainebleau, donde le hace ver los errores y dicta la política a seguir: Entre otros puntos Napole&oa!
cute;n aconseja no prohijar querellas con ningún partido, alimentar, pagar y armar, según sus medios, a las tropas mexicanas auxiliares y, mantener una severa disciplina en las tropas mexicanas y francesas y “reprimir vigorosamente todo acto o palabra que pueda herir a los mexicanos, pues no hay que olvidar su carácter orgulloso, e importa al buen éxito de la empresa, el conciliarse ante todo con el espíritu de las poblaciones”.
Este general fue destituido y en su lugar, fue nombrado el gral. Forey que puso un sitio feroz a la ciudad de Puebla. “Mientras el gobierno se entregaba a sus patrióticas tareas un episodio deplorable vino a llenar de luto el corazón de los buenos mexicanos. El joven general Don Ignacio Zaragoza, que tan distinguidos servicios había prestado a la causa de la Reforma, cayó enfermo de fiebre en Puebla el 4 de septiembre y el día 8 murió dejando e!
l recuerdo imperecedero que sobrevive a los defensores de la P!
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quo;; así describe V. Riva Palacio la muerte de Zaragoza. Fue trasladado a México para sus funerales que tuvieron lugar, primero en Palacio Nacional y luego en la Catedral Metropolitana. A su hija se le otorgó una cantidad de $100,000.00 que se le entregarían de los bienes nacionalizados y a la señora viuda de Zaragoza, una pensión vitalicia de $ 3,000.00 anuales. Luego de la derrota en Puebla, los franceses se dedicaron a restablecer la línea de comunicación con Veracruz y a reordenar la estrategia. El gral. González Ortega sustituyó a Zaragoza.
Con mucha razón apunta Riva Palacio que “bajo bien sombríos auspicios comenzaba para México el año de 1863”. Basaine, segundo de Forey, derrotó completamente a Comonfort el 19 de mayo de 1863. También la derrota de Ortega fue desastrosa pues perdió 12 mil hombres, 500 oficiales y 25 gen!
erales. Lograron huir los mejores generales del presidente Juárez: González Ortega, Escobedo y Porfirio Díaz. Sólo que no tenían soldados. Por lo que Juárez, no pudiendo sostener la ciudad de México, huyó a San Luis Potosí. El 7 de junio de 1863 el general Basaine entró a la ciudad de México. La República descansaba ahora en los hombros del Benemérito; comienza la República peregrina. El 12 de octubre 1864, llegó Don Benito a Chihuahua. “….. Y México se refugió en el desierto”.
Se cumplía, entonces, la sentencia bíblica, según la cual, todo reino dividido va a la ruina casa por casa. Ante la exigencia de unidad prevaleció el afán de confrontación.
Durante el sitio de Puebla, González Ortega mandó desalojar todos los conventos de monjas para usarlos !
como hospitales y con fines militares; la medida era entendibl!
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e que respondiera a una contingencia y fuera transitoria. Pero lo que no es entendible es que “por absurdo espíritu de imitación la ‘junta patriótica’ de México pidiera al gobierno que esa medida se extendiera a todo el país, y Juárez y su ministro de la Fuente, expidieron el decreto del 26 de febrero de 1863 que suprimía las comunidades religiosas en México” (cf. E. A. Chávez. o.p.) ¡Cuántas lecciones nos da la historia! Todo esto contribuyó a exaltar los ánimos católicos que se pusieron al lado de los intervencionistas. El caos no podía ser mayor. Se abrían frentes internos sin ninguna necesidad. En el momento que urgían medidas de unificación, se hacía todo para desunir y lastimar a los mexicanos. En realidad, no había necesidad de ello. Nadie puede decir que el gobierno francés fuera conservador, a!
l menos los de entonces. La ciudad de México había caído en manos de los franceses que fueron recibidos por el pueblo en una forma apoteótica. La estrategia de los franceses podemos leerla en el parte que el gral. Forey rinde al ministro de la Guerra de su país: “El 3 de junio salió a Puebla la escolta de un batallón del 95 con dirección a Buenavista, una fuerte columna del material de ingenieros y artillería con el hospital de campaña del cuartel general, igualmente que el material necesario para establecer un hospital en México.
“En el mismo día, con motivo de la festividad del Corpus Christi asistí a la misa y a la procesión. Todas las tropas presentes en Puebla acompañaban la procesión y formaban valla. Creí conveniente dar gran aparato a esta ceremonia religiosa y el buen comportamiento de nuestras tropas ha de haber!
causado grande impresión en esa población. El 8!
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acute; en Buenavista… habiendo salido el 10 del Peñón, con todas las tropas que me habían acompañado, llegué a la puerta de México a las 10 de la mañana. Ahí encontré a las autoridades interinas y a los principales habitantes que me ofrecieron las llaves de la ciudad… El 11 de junio llegaron a México escoltados por el batallón de cazadores, los carros de batería y material que quedaban en Buenavista. Era el día de la octava del Corpus Christi y hubo una procesión solemne.
Lo mismo que en Puebla creí mi deber asistir a ella con todas las tropas de la Guarnición”. (cf. Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Vol.7 pag. 714). Esta cita, y todo el volumen citado, nos revelan el estado de división, de heridas y de insensibilidad, de contradicción que reinaban en México en otro de los moment!
os muy negros de su historia.
En su evolución, los pueblos llegan a tales encrucijadas, a esas situaciones de crisis sencillamente por la ley del desarrollo, del crecimiento: se van acumulando tensiones que han de reventar a la manera de la ola en el mar o del estallido del rayo. Así se resuelve la tensión. La función de los responsables es manejar la crisis de manera que el mal sea el menor posible. La historia lo registra y se convierte en lección.
Deformarla o manipularla, compromete presente y futuro. Hoy, México vive un momento importante, ¿no tendrá algo que enseñarnos ese período aciago del s. XIX? Al menos la exigencia de unidad, al menos “que la Patria es primero”, creo yo.
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