[Ampex] Nota enviada por Diario Digital


Hola Ex-ampexinos,
El Diario de Juárez te informa que Hector Lugo te ha enviado este articulo.
Comentario: Pa'l domingo.
 
 
Reflexión de Cuaresma
Pbro. Hesiquio Trevizo
 
 
    
Dios ha muerto. Tal fue la clamorosa conclusión del s. XIX. Federico Nietzsche, (=FN.), fue el adalid que formuló la  frase e inició, de esta forma, el post modernismo, poderosísima corriente de pensamiento que es la nuestra, con todos los matices. Cuando Zaratustra descendió entre los hombres, cometió la locura de acudir a la plaza pública, donde oyó el clamor del populacho: «todos somos iguales [….]. Un hombre vale lo que otro. ¡Ante Dios todos somos iguales!» ¡Ante Dios – añade Zaratustra– pero ahora ese Dios ha muerto!». Luego de la muerte de Dios, la “igualdad” es el más grande despropósito.

En realidad, a finales del s. XIX, la noticia de la muerte de Dios no era ninguna novedad. La ciencias naturales hacían su marcha triunfal; el mundo se explicaba por «ley es» mecánicas. Ya no se busca el «sentido», sino se analiza el funcionamiento y se busca la forma de intervenir en él. La marcha victoriosa de Darwin popularizó el pensamiento de la evolución biológica; los hombres se familiarizaron con la idea que no hay un desarrollo de la vida dirigido a un fin, sino que son las casualidades de la mutación y la ley de la jungla imperante en la selección las que determinan el proceso de la naturaleza. Se sigue pensando más allá del hombre, sí, pero el más allá ya no apunta al arriba de Dios, sino al abajo de lo animal. En lugar de Dios el tema es ahora el mono. Dios ha perdido su competencia para la naturaleza, y no sólo para ella, sino también para la sociedad, la historia y los individuos. (cf. R. Safranski. Nietzsche. 2001). La muerte de Dios no se relaciona con su existencia, sino con su significado.

La volunta d de poder. Y sucede que es necesario matar a Dios para que puedan campear ciertas actitudes humanas, culturales e ideológicas. Las grandes ideas motrices de la civilización, tales como libertad, igualdad, fraternidad, democracia,  derechos  humanos, pacifismo, ecologismo, vida amor, etc., son de indiscutible matriz cristiana, pertenecen al “instinto cristiano” del hombre y tienen, por ello,  su más fuerte defensor en el cristianismo. Sin embargo, está claro que estos valores han adquirido un carácter meramente humano y profano. Se trata, en todo caso, de ideales que el hombre puede realizar sin Dios. Esto lleva a FN a identificar cultura moderna y cristianismo y a repudiarlos con igual fuerza. La verdadera sociedad humana ha de estar formada por amos y esclavos, por trabajadores forzados y por quienes trabajen libremente; la igualdad es la más grande conspiración, es la “rebelión de los esclavos”. “La esclavitud pertenece a la esencia de la civilización y constituye la condición de toda civilización elevada, como en la Grecia clásica. No puede haber civilización superior más que donde hay dos castas diferenciadas de la sociedad: la de los trabajadores y los ociosos, aptos para el verdadero ocio, o en términos más fuertes, la casta del trabajo forzado y la casta del trabajo libre”.

De aquí, FN hace derivar su teoría de la justificación del más fuerte: “la explotación no forma parte de una sociedad corrompida o imperfecta y primitiva: forma parte de la esencia de lo vivo; como función orgánica elemental, es una consecuencia de la autentica voluntad de poder, lo que es cabalmente la voluntad propia de la vida. Suponiendo que como teoría esto sea una innovación, como realidad es un hecho primordial de toda h istoria. Seamos, pues, honestos con nosotros mismos”

Esta honestidad es la que ha desaparecido; FN no le prendía una vela a Dios y otra al diablo. Hacer la guerra ha de ser la expresión de la voluntad de poder y no hay ninguna necesidad de justificarla apelando a divinidad o ideal alguno; se trata sólo del “hecho primordial de toda historia”. La guerra saca a flote las potencialidades de los pueblos, sin ella el carácter se debilita. En El ocaso de los ídolos escribe: “El hombre que se ha liberado, y ¡cuánto el espíritu que se ha liberado!, pisotea la despreciable manera de bienestar con la que sueñan los tenderos, judíos, cristianos, vacas, mujeres, ingleses y otros demócratas. El hombre libre es guerrero”. 

FN vio que la confianza en Dios ya era sólo una pasajera suposición de segundo plano. El movimiento obrero hizo su aportac ión a la popularización de las ciencias naturales y sociales, con lo cual el ateísmo moderno, reservado a la clase “instruida”, se extendió, también, entre “los condenados de la tierra”, con frecuencia los más dispuestos a aceptar los consuelos de la religión, pero que bajo la influencia del marxismo podían aspirar a un futuro mejor, producto de la evolución de la historia. FN había notado con toda claridad la erosión social de la fe. La historia, la sociología, las ciencias naturales y las asombrosas excavaciones de la psicología profunda, hacían innecesaria la hipótesis de Dios, “hipótesis demasiado fuerte”. FN no crea, constata y da forma verbal, nos descubre la naturaleza de la era que recién había nacido.

El fin de la moral. Con la muerte de Dios se ponía fin, igualmente, al problema sobre el bien y el mal; la discusión sobre la moralidad se volvió innecesaria. El hombre no es más que fisiología y aquí no hay moral. Esto ya no es FN, es el marqués de Sade. Todos los escritores de pornografía del s. XX, y los escritores “negros” (nihilistas), los autores de la revuelta, miran a Sade. ¿Por qué? No sólo porque era un escritor obsceno, ni siquiera porque enseñara a los escritores posteriores a introducir en sus escritos la pornografía como vehículo para sus ideas, sino, sobre todo, porque Sade era un “determinista”. Comprendió el sesgo que tomarían las cosas cuando el hombre fuera reducido a una máquina. Si el hombre es un ser fatalmente determinado, entonces, lo que es –sea lo que sea– es correcto. La pregunta sobre la moralidad se suprime simplemente. Escritores galardonads no lo serían tanto si no metieran obsce nidades o crudezas de mal gusto en su obra.

Es claro que nuestra cultura está viviendo los efectos de aquella doctrina: La muerte de Dios. Lo podemos ver en toda nuestra vida diaria: un teatro de crueldad, de violencia sin límites en el cine, que actúa como modelo conductual, los asesinatos a mansalva sin explicación suficiente en nuestras calles; lo vemos todo, todo lo oímos, se exhibe todo, sin recato, en el teatro, la novela, el cine, la tv. Con repugnancia, no sólo por el hecho en si, sino por la cobertura obscena, como en una novela de Sade, hemos sido testigos de los peores asesinatos y aberraciones. La chicas superpoderosas, las televisoras, nos han hecho cercano el suceso. Y nadie se pregunta de la soledad e indefinición de nuestros jóvenes; pensemos en lo sucedido en Alemania; nadie nos invita a mirar más allá del fenómeno: tórridos romances prematuros, sexualidad activada y atizada, desvinculada de cualquier responsabilidad, primacía de la imagen y el trabajo, familia desintegrada, abandono. Nadie damos un “paso atrás” para dimensionar la posmodernidad.  

Igualmente se exhibe la vergüenza de la guerra; Darfur, Sudán, y ahora Irlanda del Norte que “ve el abismo de nuevo”, todo el bajofondo de la naturaleza humana herida emerge con carta de legalidad. Lo único prohibido, aquello sobre lo que no se ha de preguntar, es sobre la moralidad de esos hechos. Ya no tenemos la capacidad de ponderar desde la moral el hecho de que más de 5 millones de niños mueran anualmente debido a la pobreza, la insalubridad de sus ambientes y a las enfermedades infecciosas perfectamente curables si existiera la solidaridad. Ya no podemos juzgar la moralidad del gasto armamentista, exorbitante, ni contrastarlo con la miseria global. Ya no podemos calibrar la mentira como siste ma en la política, su costo en un país, como el nuestro, marcado por ámbitos de pobreza de la más profunda. Dios ha muerto. La muerte de Dios es la revolución moral más increíble. “Las grandes ideas, las que rigen al mundo, llegan silenciosas, tenues, como pasos de paloma”, decía FN.

El problema del sentido. FN abrió un nuevo horizonte de comprensión al hombre de la posmodernidad. Se trata del problema de “sentido”; a saber: antaño a la vida se le había dado previamente un fin y un valor supremos. De niño aprendí el catecismo: “¿Quién te crió? Dios me crió, respondía. ¿Para que te crió? Para conocerlo, amarlo y servirlo en este mundo y gozarlo después en el cielo”. Mi vida “tenía sentido”, orientación; sabía ya todo lo que es necesario “pa ra vivir con sentido”, antes de leer a Frankl. Esto terminó en la modernidad. Hoy no estamos seguros si alguien nos creó, si venimos del chango, si somos el genoma mentado, y cosas de esas. El complicado y enorme mecanismo de la sociedad se ha convertido en un universo de medios que ya no está referido a ningún centro de sentido. La conciencia moderna queda suspendida de los medios, se halla enredada en una larga cadena de acciones que no está vinculada a fin alguno. Ha perdido la sublime infinitud y, en su lugar, ha conquistado la mala finitud de un ser que corre en la rueda a la manera de un hámster. De ahí brota la angustiante pregunta por el sentido y el fin de todo.

Una alternativa. Estos días los cristianos celebramos la cuaresma que nos lleva a misterio de la Pascua cristiana. Profesamos nuestra fe en el Crucificado. La salvación humana en un condenado a muerte, ¿no es demasiado? El conflicto nada tiene de novedad. Pablo lo enfrentó en Corinto. El cristianismo actual debe tener la energía suficiente para proclamar su inadaptabilidad; ante el mundo que pide prodigios asombrosos e ilusiones y fantasías religiosas, ha de repetir y hacer propias las palabras de Pablo: los filósofos piden sabiduría y los judíos milagros. Nosotros en cambio predicamos a Cristo, y a éste Crucificado, estupidez para los filósofos y escándalo para los judíos, pero causa de salvación para los que creen en él, pues la estulticia de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad de Dios más fuerte que la fuerza de los hombres. Hoy el cristianismo debe tener la lucidez y el coraje de levantar la Cruz, enhiesta, en medio de nuestra cultura destrozada. Nadie como FN entendió la magnitud del conflicto fundamental del hombre: «Dionisio contra el Crucif icado», así firmó sus últimas cartas. “Cédula de la locura”. Dionisio es el símbolo del hombre embriagado de poder y felicidad, el dios del vino. Baco, lo llamaban los romanos. El hombre embriagado de poder, embriagado de sí mismo y de sus logros.

Con razón ha escrito Heinz Schürmann que la muerte en cruz de Jesús de Nazareth ha vuelto a cobrar un protagonismo de primer orden. El que el trabajo teológico de ambas confesiones, católica y protestante, vuelva a concentrarse actualmente en su temática específica, a hablar de Dios desde la perspectiva de la pasión y muerte de Cristo, constituye un fenómeno sorprendente, inimaginable no hace aún muchos años. Y aunque los teólogos no lo admiten, esto lo digo yo, FN contribuyó a ello porque entendió la cruz como la inversión de todos los valores; el amor hasta dar la vida por el hermano, el servicio, el perdón, el darse sin reservas y la condena de todo egoísmo, de toda autosuficiencia, eso y más significa la cruz. Jesús, en la cruz,  es el camino, la verdad y la vida para la humanidad. El modelo de la humanidad nueva. 

Frente a la diagnosis de FN, siguen en pie la cruz y el Crucificado. Una observación general se impone desde el principio, cuando uno se enfrenta  a los relatos de la Pasión: el relato de la Pasión ocupa un lugar importante, y en cierto sentido, desproporcionado en cada uno de los evangelios. Pero estamos habituados a ellos y no nos danos cuenta. Sin embargo la cosa no es tan obvia. Se olvida que los evangelios han sido escritos después de la resurrección de Cristo, y por personas que,  viviendo a la luz de este evento triunfal, tenían conciencia de ser sobre todas las cosas «testigos de la resurrecció n»

No esperaríamos, por lo tanto, una insistencia tan acentuada en las escenas dolorosas de la Pasión. Estas deberían  haberse disuelto para dejar lugar a los aspectos «positivos» de la existencia de Jesús. Durante su vida pública, la acción de Jesús en la que se había anunciado el triunfo sobre la muerte, el éxito con las multitudes, la enseñanza luminosa impartida con autoridad, el modo de organizar a los discípulos, y después la aparición del resucitado y los poderes confiados a la Iglesia: he aquí lo que a nuestro juicio debió de haber aparecido como importante y definitivo. La Pasión, por el contrario podía ponerse en la sombra, como un intermezzo desafortunado que, gracias a Dios no tuvo consecuencias duraderas.

Abandonado a su inclinación natural, el corazón humano –siempre pronto a elu dir la dureza de la realidad para refugiarse en un mundo ideal– se habría orientado indiscutiblemente en este sentido.

Sin embargo la luz de la resurrección no ha favorecido este modo de ver. No ha conducido a una religión de la evasión. De ningún modo ha sustraído a los cristianos de los aspectos dolorosos de la vida de Jesús, al contrario los ha conducido a valorizar toda la existencia de su Salvador y en particular aquellos aspectos más desconcertantes: la contradicción y el sufrimiento.

En un primer tiempo, entre la Pasión y la resurrección, la inteligencia humana advierte un contraste: la Pasión es una derrota, la resurrección una victoria que repara esta derrota. La Pasión humilla, la resurrección glorifica. Pero la fe cristiana no se detiene en este contraste. La luz de la resurrección envuelve irresistiblemente la Pasión m isma, y las dos realidades llegan a constituir una unidad indisoluble. Entre ellas aflora, por lo tanto, no una ruptura, sino una relación estrecha: fruto de la Pasión, la gloria del resucitado revela el valor de su sacrificio y manifiesta que, de hecho, la Pasión no ha sido una derrota, antes bien un combate victorioso, auténtico cumplimiento del proyecto de Dios. Jesús en la Cruz, como la serpiente de bronce levantada en el desierto, es causa de salvación para los que creen en él. Es más, es la única alternativa real de salvación para el hombre de ayer, de hoy y de siempre.

Hablar hoy significativamente de la Cruz significa hacer una crítica severa a la cultura Light en la que nos movemos; aún en el ámbito religioso se ha sustituido la verdadera religión por un sentimiento vago, sin sentido de pertenencia, grupos emergentes, “desregularizados”. Se hacen religiones a la medida de nuestra frustración, se hacen como negocio familiar. Y, aún entre las ramas históricas del cristianismo, según denunciaba Pablo VI, “queremos un cristianismo sin cruz”. Jesús purificó el templo. Por ello creo que estos días, antes que en el desorden y las representaciones grotescas, deberíamos empeñarnos en profundizar el misterio de la cruz. Vivir la Cuaresma nos prepara para ello.

P.D. El Presidente Sarkosy ha traído en su agenda el asunto de la secuestradora F. Cassez; llevarla a una prisión francesa. La presión diplomática es muy fuerte y el Gobierno Mexicano no debe ceder. El relato de las víctimas es desgarrador, y la francesa está plenamente identificada y doblemente condenada. Aquí la hizo, y aquí la paga. Y, si Sarkosy es el presidente de los franceses, buenos y malos, Calderón lo es de los mex icanos buenos y regulares. Calderón debe recordar a Don Benito en estos momentos. Y Francia también. Ahora, si insisten, la francesa se va “no la lavandería”, pero con todos los de su banda, y de pilón, la mata viejitas, el mocha orejas y el pozolero. Y les podemos llenar un Hercules con fichas de esas. La francesa se queda aquí, no obstante lo que opine Carlos Fuentes que recién ha dictado una conferencia en París. ¡Faltaba más! Ahora que el tal Sarkosy les dio tamaña chamaqueada a nuestros senadores; falta de oficio y exceso de ocio. Les fue como a México contra Cuba, en el beisbol, digo.
 
 
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